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domingo, 31 de maio de 2015

A Mobilização Permanente

31/5/2015, [*] Luís Britto García – Blog de Luís Britto García
Texto e foto enviados pelo autor e Wikipedia

1
Movilización, sumatoria de decisiones que culmina en acción.
El acto de una persona o de un colectivo tiene por objeto progresar de una situación indeseable a otra deseable.
Por ejemplo, de la miseria al bienestar.
Ambas se califican en gran medida a través de valores, que son construcciones culturales.
Digamos que el detonante de la rebelión popular venezolana del 27 de febrero de 1989 fue la abrupta desaparición de los valores con los cuales pretendía legitimarse el sistema.
El detonante de toda movilización es un juicio cultural.


2
No aniquilamos una situación indeseable sin una imagen de lo que queremos conquistar.
Movilización sin proyecto es dispersión de esfuerzos.
La ausencia de un plan disipó temporalmente el formidable poder del Caracazo.
La articulación de un proyecto es una operación cultural.


3
La movilización individual es acción, la acción colectiva es movilización.
Un colectivo es un conjunto de personas que comparten creencias, valores, actitudes, conductas y proyectos.
Su constitución requiere una compleja trama de comunicaciones que entretejen relaciones.
El Caracazo a la postre devino bandera simbólica que aglutinó a la mayoría de los venezolanos, hasta entonces dispersos en la persecución de objetivos disímiles.
La agregación de individuos sueltos a fin de que se sientan integrantes conscientes de comunidades, comunas, sociedades, naciones, géneros, clases, partidos, es una labor cultural.
La rebelión puede ser una pedagogía.

4
Resumamos.
Movilización popular requiere conciencia de un estado de carencia que se quiere sobrepasar; representación de un bien o estado positivo al cual se desea acceder;  sistemas de comunicación para difundir el proyecto; conocimiento de que estas percepciones son compartidas por uno o varios colectivos, sean grupos, movimientos, clases sociales, comunidades de género, etarias,  laborales  o de otra índole; un plan articulado sobre las acciones a cumplir para el logro del objetivo; el consenso para la participación en dichas acciones y un acuerdo sobre la complementariedad y la sucesión o sincronía de ellas.
¿Redundamos al recalcar que estas iniciativas son elaboraciones  culturales?
El Bolivarianismo en parte realiza el proyecto de la intelectualidad de izquierda de los años sesenta, que fue reducido a sangre y fuego tras un cuarto de siglo de lucha.
Hacer cultura es hacer Revolución.

5
¿Hay que esperar la milagrosa conjunción espontánea de los mencionados elementos para que se produzca un cambio?
La civilización humana se establece y avanza gracias a la consciente y premeditada preparación, planificación y agregación de ellos.
El animal o el homínido desean que el azar los guarezca de la lluvia.
El ser humano construye albergues o sistemas civilizatorios que erigen ciudades.
Cada modo de producción se instaura gracias a una planificada concatenación de movilizaciones dirigidas a hacerlo funcionar y perdurar, y es sustituido por otro nuevo gracias a otra novedosa coordinación de actos planificados.
Pongamos por caso, el capitalismo y el socialismo.
La génesis de civilizaciones es un procedimiento cultural.

6
Toma la palabra el simplismo para proponer que los modos de producción crean superestructuras que son algo así como su pasiva decoración.
Una visión más amplia discierne que cada modo de producción germina a partir de una embrionaria superestructura cultural que inspira y coordina las acciones tendientes a destruir y suplantar el modelo caduco, e imponer uno nuevo que perdura gracias a ella.
Los intelectuales son los trabajadores de las superestructuras; los aparatos ideológicos sus empresas; la comunicación, las ideologías  y las prácticas simbólicas su producción.
Así como los intelectuales orgánicos trabajan para asegurar la inmovilidad de los sistemas, los hay libertadores que prefiguran y proponen los saltos de un modo de producción a otro...
7
Entonces, la movilización popular puede excepcionalmente ser un fenómeno espontáneo, pero también puede y debe ser planeada, provocada y dirigida para una finalidad concreta, vale decir, para la Revolución.
Pero Revolución no es saciedad, sino eterna renovación y resurrección del Objeto del Deseo.
En tal sentido, la movilización no puede ni debe ser un fenómeno espasmódico, una erupción que revienta para dar paso a períodos de estancamiento hasta que la insoportabilidad de éstos haga inevitable el próximo estallido.
Todo organismo viviente subsiste gracias al incesante desecho de sus componentes corruptos y la regeneración de sus estructuras vitales.
Lo único que puede mantener viva a una Revolución es la Movilización Social Permanente, que a través de una dinámica cultural infatigable progrese de lo indeseable a lo deseable, de la corrupción a la pulcritud, de la dispersión a la coherencia, de la crítica al acto, de la Política Real a la Utopía.



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  1. Rajatabla  
  2. Dictadura Mediática en Venezuela  
  3. La invasión paramilitar: Operación Daktari
  4. Socialismo del Tercer Milênio
  5. La Ciencia: Fundamentos y Método  
  6. El Imperio Contracultural: del Rock a la Postmodernidad
  7. El pensamiento del Libertador: Economía y Sociedad
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[*] Luis Britto García. Caracas, 1940. Narrador, ensayista, dramaturgo, dibujante, explorador submarino, autor de más de 60 títulos. En narrativa destacan Rajatabla (Premio Casa de las Américas 1970) Abrapalabra, (Premio Casa de las Américas 1969) Los fugitivos, Vela de armas, La orgía imaginaria, Pirata, Andanada y Arca. En teatro, La misa del Esclavo (Premio Latinoamericano de Dramaturgia Andrés Bello 1980) El Tirano Aguirre (Premio Municipal de Teatro1975) Venezuela Tuya (Premio de Teatro Juana Sujo en 1971) y La Opera Salsa, con música de Cheo Reyes. Con Me río del mundo obtuvo el Premio de Literatura Humorística Pedro León Zapata. Como ensayista publica La máscara del poder en 1989 y El Imperio contracultural: del Rock a la postmodernidad, en 1990, Elogio del panfleto y de los géneros malditos en el 2000; Investigación de unos medios por encima de toda sospecha (Premio Ezequiel Martínez Estrada 2005), Demonios del Mar: Corsarios y piratas en Venezuela 1528-1727, ganadora del Premio Municipal mención Ensayo 1999. En 2002 recibe el Premio Nacional de Literatura, y en 2010 el Premio Alba Cultural en la mención Letras .

quinta-feira, 7 de março de 2013

Nem um passo atrás: Rumo à Venezuela pós-Chávez


6/3/2013, George Ciccariello-Maher, Counterpunch
Traduzido pelo pessoal da Vila Vudu

 


George Ciccariello-Maher leciona teoria política na Universidade Drexel na Filadélfia. É autor de We Created Chávez: A People’s History of the Venezuelan Revolution [Nós criamos Chávez: História do Povo da Revolução Venezuelana] Duke University Press, Maio 2013.
Recebe e-mails em gjcm@drexel.edu.


Ver também
·        10/6/2012, redecastorphoto em: “Nenhuma revolução nasce do governo” (1/2) - Entrevista: Alí Rodríguez Araque, Ministro de Energia Elétrica da Venezuela
·        11/6/2012, redecastorphoto em: “Nenhuma revolução nasce do governo” (2/2) - Entrevista: Alí Rodríguez Araque, Ministro de Energia Elétrica da Venezuela

Hugo Chávez está morto. A importância simbólica do presidente da Venezuela ultrapassou em muito sua presença física, garantindo um ponto de condensação em torno do qual as lutas sociais uniram-se e nutriram-se mutuamente. Assim continuará, inevitavelmente, a operar, mesmo muito tempo depois de sua morte. É o que cantam os versos do grande cantor popular revolucionário Ali Primera, (a seguir) que andam hoje na ponta de língua de tantos:

Los que mueren por la vida
no pueden llamarse muertos


Revolucionário de pés descalços

Hugo Chávez foi menino pobre do interior de seu país, o que já diz muito do que se tem de saber sobre ele. Pés descalços, casa muito pobre, sol inclemente, colhendo lições as mais duras, e com forte dose de audácia, da experiência que é a vida de todos os dias naquela parte do planalto venezuelano, os llanos, que chega, de repente, aos picos das montanhas andinas.

Embora a política estivesse no solo que ali se pisa e em todas as suas interações sociais, o primeiro contato formal com a política revolucionária chegou-lhe pelo irmão mais velho, Adán, membro da então clandestina, antiga organização guerrilheira, Partido da Revolução Venezuelana (PRV). O PRV recusou-se intransigentemente a descer das montanhas no final dos anos 1960s, quando o Partido Comunista Venezuelano decidiu retirar-se da luta armada; o PRV, mais que qualquer outra organização, resistia então contra a ortodoxia marxiana, e escavava fundo nas tradições revolucionárias venezuelanas e latino-americanas que se abrigavam sob o grande guarda-chuva do Bolivarianismo.

Através de Adán, o Chávez mais jovem recebeu o legado dessa luta guerrilheira na Venezuela e de suas aspirações, um necessário, potente contrapeso à doutrina oficial que aprenderia na Academia Militar. Mas mesmo como soldado, Chávez já tinha alma irreverente de guerrilheiro; não demorou para começar a articular-se com outros oficiais radicais. Esse grupo de conspiradores seria chamado de MBR-200, Movimento Bolivariano Revolucionário, e não era grupo exclusivamente militar; logo estavam em contato muito próximo com os guerrilheiros comunistas revolucionários do PRV e outros.

A velha Venezuela

A velha Venezuela está morta. O ancien regime venezuelano se autoproclamava coeso e harmônico e manteve o mito até o fim. Para cientistas políticos, aí estaria um “excepcionalismo venezuelano”: um mar de instabilidade e ditadura que, na superfície, mantinha-se estável e ‘democrático’. Mas era harmonia que dependia de a maioria ser mantida invisível; e estabilidade montada mediante a incorporação e a neutralização de todo e qualquer movimento de oposição. Os que não aceitavam essa regra eram assassinados ou presos nos gulags dessa tal democracia “excepcional”.

Quando Hugo Chávez tentou pela primeira vez derrubar o governo de Carlos Andrés Pérez na Venezuela, em 1992, atacava uma democracia que, de democrática, só tinha o nome. Décadas de governo bipartidário criara um sistema absolutamente indiferente às necessidades da vasta maioria, e, com a crise econômica que se instalara nos anos 1980s, a “década perdida”, os pobres tendiam a rebelar-se; e a repressão era brutal. No que foi um, embora o mais espetacular de vários momentos de resistência, na rebelião de 1989, conhecida como o Caracazo morreram número não conhecido de pessoas, entre 300 e 3.000, massacradas quando Pérez ordenou aos militares que “restaurassem a ordem” nos Barrios pobres que cercam Caracas e outras cidades venezuelanas.

El Caracazo
Foi essa rebelião, mais que qualquer outra, e a repressão que veio depois dela, que levaram, pode-se dizer, que forçaram, Chávez e outros a tentar um golpe, com o apoio de movimentos revolucionários de base; e foi esse golpe, mais que qualquer outro evento, que levou Chávez à presidência, eleito, em 1998. Finalmente alguém levantava a cabeça. E quando Chávez disse, pela televisão nacional, que o golpe falhara “por ahora” [dessa vez, por enquanto], declarava, de fato, como Fidel Castro 40 anos antes, a sua firme certeza de que a história o absolveria.

A nova Venezuela

Em vários sentidos, foi o que aconteceu. Sob os governos de Chávez, a Venezuela tornou-se o país mais igual, mais igualitário em toda a América Latina, conforme o coeficiente Gini de distribuição de renda. A pobreza foi significativamente reduzida, e a pobreza extrema quase erradicada. O analfabetismo foi eliminado e a educação é gratuita e acessível, até o nível universitário, para todos os venezuelanos, até para os mais pobres. A assistência à saúde é gratuita e universal. Apesar do catastrofismo da oposição venezuelana de da imprensa-empresa estrangeira, a economia é forte e atravessou a crise econômica global em condições muito melhores que muitos (que os EUA, sem sombra de dúvida).

Mais importante que essas melhorias nas condições de vida e bem-estar social da maioria dos venezuelanos, contudo, são as transformações políticas pelas quais passaram a Venezuela e seu povo, transformações que ainda não estão completadas e prosseguem. O governo Chávez jamais foi mero governo populista que dava benefícios em troco de votos: foi governo radicalmente democrático, que buscava, não raras vezes apesar de tendências autocráticas, dar poder ao povo para que agisse de baixo para cima, como verdadeiros “protagonistas” da história. Em conselhos comunitários, cooperativas, comunas e milícias populares, o governo venezuelano empoderou radicalmente os movimentos radicais de base, embora, sim, tenha havido resistências dentro da própria burocracia do Estado.

Mas essas não são realizações exclusivamente de Chávez. De fato, absolutamente não são realizações de Chávez. Desde muito antes de Chávez houve movimentos revolucionários que tentaram, falharam, tentaram novamente, o que gerou experiência, organizações e visões de país que, num certo momento, levaram Chávez até a presidência. Qualquer necrológio que fale de Chávez como alguma espécie de salvador, insulta o povo que tanto o amou, ao qual Chávez serviu e cujo comando obedeceu.

E há também esquerdistas mal informados que reclamam que Chávez não teria sido suficientemente revolucionário, que não teria avançado tão rapidamente quanto queriam rumo ao socialismo: que a revolução tem de ser total, de uma vez por todas. Outros, repetindo o que dizem os liberais, atacam-no porque seria autoritário, autocrático, antidemocrático. São críticas que não veem o ponto fundamental: que a revolução venezuelana não é Chávez.

Quem não for capaz de entender por que milhões de venezuelanos fazem hoje o seu luto, terá, desgraçadamente, abandonado qualquer projeto para entender o que realmente está acontecendo na Venezuela.

Democrata combativo

Mesmo na presidência, a persona campesina de Chávez encontrava modo de romper o verniz da liderança política: como quando, de repente, punha-se a cantar canções do altiplano, os cantos llaneros; ou usava parábolas populares, ou quando atacava aliados e opositores, sem medir palavras, na televisão. Pode-se também dizer que algum paradoxal autoritarismo democrático é herança dos pobres do interior do país: um intransigente respeito pelo povo, um igualitarismo ardente, que não aceitava ‘não’, quando se tratava de revolucionar o país. Embora Chávez sempre tenha sonhado ser lançador em equipe da primeira liga de baseball [orig. pitcher], seu apelido de infância, Latigo [chicote], descreve melhor o seu modo de abordar a política e seu jogo de “bola rápida”.

Mas essa contradição não é específica de Chávez: a democracia direta e a democracia representativa raramente são aliadas gentis, como o nome talvez sugira, e um dos aparentes paradoxos da Revolução Bolivariana é que começa com empurrão firme, de cima para baixo, de modo a limpar o campo para a participação radicalmente democrática que venha de baixo para cima.

Aí está o que críticos de Chávez e da Revolução Bolivariana querem dizer, quando insistem em que Chavéz teria atropelado o sistema de “pesos e contrapesos” democráticos; esses críticos não veem que essas limitações institucionais, por justificáveis que sejam, são, na maioria das vezes, bem pouco democráticas.

Resultado dessa incompreensão, os dois lados parecem falar línguas completamente diferentes: para uns, entre os quais parece incluir-se o deputado Republicano, Ed Royce, que apostava em “dar adeus rápido” a Chávez, o presidente da Venezuela não passaria de ditador autoritário. São coisas que surpreendem os chavistas, que elegeram e reelegeram Chávez várias vezes, sempre escolhendo, deliberadamente, um processo cada vez mais radicalmente revolucionário; e os quais sempre apontavam a contradição entre o desejo democrático da maioria e os limites do mandato.

Muitos venezuelanos pobres também se surpreenderam quando tantos se ofenderam tanto por Chávez ter-se referido a George W. Bush como “o diabo” e depois, como “um macaco”. Os pobres não são muito atentos às regras de boas maneiras, quando discutem política; veem, intuitivamente, mas corretamente, que a política é o reino das posições firmes e das discussões fortes. Entenderam perfeitamente o que Bush disse, com seu “estão conosco ou estão contra nós” [e puseram-se contra].

A natureza maniqueísta da política venezuelana nos anos recentes é inegável, mas é útil reconhecer, com Frantz Fanon, que a divisão entre nós e eles, chavistas e escualidos (ou, mais recentemente, majunches), sempre foi mais um reflexo de uma realidade estrutural que “erro” de Chávez ou da Revolução. Quando as elites venezuelanas puseram-se a chorar o desaparecimento da “harmonia” venezuelana, o que realmente lamentavam era que, de repente, gente pobre e de pele escura tivesse aparecido à vista de todos, se tornasse presença inevitável e assumisse o poder de governar como mecanismo útil para pressionar a favor de suas demandas.

Comemoração em 2012 do nascimento da Revolução Bolivariana (27/2/1989)
Não há dúvidas de que Chávez serviu-se de algum maniqueísmo para mobilizar o povo para a luta, mas esse maniqueísmo também lhe veio por fenótipo, tanto quanto por razões políticas: mulato, de nariz largo e grandes orelhas, “com essa imagem, Chávez sacudiu de cima abaixo a fantasia da harmonia social (...). Sua imagem agita as mulheres ricas de Cuarimare”.

Chávez e seus apoiadores foram racializados desde o início, em termos que causariam indignação em outros lugares: maçado, “negão”, gentalha, horda, gangue. O racismo explodiu durante o golpe de 2002, quando Chávez permaneceu deposto por menos de dois dias, o que, em vários sentidos obrigou-o a reconhecê-lo publicamente, num país que tanto celebrava a mestizaje e insistia em que, na Venezuela, não havia racismo. No final, o maniqueísmo tornou-se o mais importante motor para empurrar adiante o processo revolucionário, unindo o povo contra o inimigo comum e preparando-o para a luta que viria.

Cheguei a ter um encontro marcado para conhecer Hugo Chávez, mas ele cancelou no último momento. Algum imprevisto, uma combinação de preocupações de segurança e o incontrolável desejo de fazer tudo, ele mesmo. O mais próximo que estive dele, cerca de três metros, aconteceu, eu arrastado numa torrente de chavistas de camisas vermelhas, na Avenida Bolívar, em 2007. O presidente estava no alto de um caminhão. Ao vê-lo passar, fiz meu gesto chavista preferido: um soco na palma da mão, símbolo do que merece a oposição venezuelana. Como que para confirmar a centralidade das lutas, numa revolução que sobreviverá a ele, Chávez viu e repetiu o meu gesto.

A Revolução não retrocederá

E agora, o que acontecerá? Dentro de 30 dias, haverá eleições, para as quais Chávez indicou seu sucessor, Nicólas Maduro, que quase com certeza vencerá uma oposição que, parece, só se junta para ser novamente esquartejada. Mas o futuro de longo termo ainda não está escrito. Nada é inevitável, mas muitos venezuelanos pobres e radicalizados dirão, a quem lhes pergunte, que não darão ni un paso atras, nem um passo para trás. Que no volverán, não voltarão, ao passado. Sabem o que dizem e estão decididos.

Essa firme decisão revolucionária jamais dependeu exclusivamente da figura de Chávez. Como escrevi na introdução de meu próximo livro We created Chávez [Nós criamos Chávez] :

A Revolução Bolivariana não trata de Chávez. Chávez não é o centro, não é a força motriz, não é o gênio revolucionário individual do qual dependa todo o processo, ou no qual o processo encontre alguma inspiração quase divina. Parafraseando o grande teórico e historiador de Trinidad, C.L.R. James: Chávez, como o revolucionário haitiano Toussaint L’Ouverture, ‘não fez a revolução. Foi a revolução que fez’ Chávez. Ou, como me disse um organizador de comunidades venezuelano, “Chávez não criou os movimentos; nós o criamos”.

Frantz Fanon
Em 1959, Frantz Fanon declarou irreversível a Revolução Argeliana, apesar de o país só vir a  receber a independência formal três anos depois. Se se estuda com atenção a transformação da cultura argeliana durante o curso da luta e a criação de que Fanon chamou de uma “nova humanidade”, vê-se que Fanon não errou; estava ultrapassado o ponto depois do qual não havia retorno possível:

Um exército pode, a qualquer momento, reconquistar terreno perdido, mas como seria possível reimplantar o complexo de inferioridade, o desespero passado, na consciência do povo?

Revoluções não vêm com garantia e não se supõe que a dialética histórica não possa ser curvada sobre ela mesma, espancada e sangrada. Trata-se, isso sim, de que, para que as forças da reação consigam fazê-lo, a tarefa não será fácil. O povo venezuelano levantou-se. É é difícil, é quase impossível, ordenar a um povo que afinal se pôs de pé, que ele volte a viver de joelhos.

Sobre o legado de Hugo Chávez


6/3/2013, Greg Grandin, The Nation
Traduzido pelo pessoal da Vila Vudu


Greg Grandin leciona História na New York University e é membro da Academia Norte-Americana de Artes e Ciências. Seu livro mais recente, Fordlandia, foi um dos finalistas do Prêmio Pulitzer na área de História.


Encontrei Hugo Chávez pela primeira vez em New York City, em setembro de 2006, logo depois de sua famosa aparição no plenário da Assembleia Geral da ONU, quando chamou George W. Bush de diabo. “Ontem, o diabo esteve aqui”, disse ele. “Bem aqui, exatamente aqui. O ar ainda cheira a enxofre, aqui nessa tribuna onde estou”. Fez o sinal da cruz, beijou a mão, piscou para o público e levantou os olhos para o céu. Era puro Chávez. Um dito fulminante, com a perfeita dose de detalhe realista (o cheiro de enxofre!) para tornar a coisa ainda mais bombástica, sacudindo o torpor em que os diplomatas dormitavam e escudando as flechas que choviam sobre o Irã, tema candente daquela reunião.

A imprensa-empresa, claro, entrou em polvorosa, e não só pela razão óbvia de que uma coisa é adversários no Oriente Médio chamarem os EUA de “O grande Satã”, mas outra, muito diferente era o presidente de um país latino-americano falar diretamente do presidente norte-americano como Belzebu em pessoa; e em solo norte-americano. Nada mais, nada menos.

Penso que o que realmente incomodou foi que Chávez dava-se, ele mesmo, um privilégio que sempre pertencera aos EUA, isso é, o direito de pintar os seus adversários, não como atores racionais, mas como demônios vivos. Populistas latino-americanos, de Juan Perón, argentino, até, mais recentemente, o próprio Chávez, há muito tempo aparecem como personagens de um conto que os EUA contam sobre eles mesmos, para reafirmar a maturidade do eleitor norte-americano e a moderação exemplar de sua cultura política.

Há, no máximo, 11 prisioneiros políticos na Venezuela, e assumindo-se a muito vaga definição que as oposições dão ao termo, na qual se incluem indivíduos que trabalharam para derrubar o governo eleito em 2002, e nem só a direita venezuelana vive a comparar Chávez aos piores assassinos em massa e ditadores na história.

O crítico de arte da revista New Yorker, Alex Ross, em ensaio publicado há alguns anos, para celebrar o talento do maestro venezuelano que regia a Filarmônica de Los Angeles, Gustavo Dudamel, escreveu, sobre degustar os frutos do muito elogiado regime venezuelano de treinamento musical: “Stálin também cria fervorosamente em música para o povo.”

* * *

Hugo Chávez foi o segundo de sete irmãos, nascido em 1954 na vila rural de Sabaneta, no estado de Barinas, numa família miscigenada de europeus, índios e afro-venezuelanos. A excelente biografia de Bart Jones, Hugo! (London: The Bodley Head, 2008) captura muito bem a improbabilidade de Chávez arrancar-se da miséria mais negra – foi mandado viver com a avó, porque seus pais não podiam sustentar um segundo filho – pelo exército, onde envolveu-se com grupos militantes de esquerda, o que, na Venezuela, significava uma mistura de socialismo internacional e a longa história do nacionalismo revolucionário latino-americano. Recolheu inspiração de figuras bem conhecidas como Simón Bolívar, e de insurgentes menos conhecidos, como o líder camponês do século 19, Ezequiel Zamora, em cujo exército o trisavô de Chávez havia servido. Nascido poucos dias depois de a CIA ter derrubado do governo da Guatemala o presidente reformista, Jacobo Arbenz, era jovem cadete de 19 anos em setembro de 1973, quando ouviu Fidel Castro anunciar, pelo rádio, mais outro golpe promovido pela CIA e que, daquela vez, havia derrubado Salvador Allende no Chile.

Mergulhada na riqueza do petróleo, a Venezuela, durante o século 19, conhecera uma modalidade específica de excepcionalismo, evitando os extremos do radicalismo de esquerda e do anticomunismo de uma direita homicida que assumiu o controle em vários países vizinhos. De certo modo, o país tornara-se a anti-Cuba.

Em 1958, as elites políticas negociaram um pacto que manteve um arremedo de governo democrático durante quatro décadas, com dois partidos ideologicamente indistinguíveis negociando, de um para outro a presidência (até soa bem familiar!). Onde o Departamento de Estado e seus intelectuais aliados isolavam e condenavam Havana, eles celebravam Caracas como o máximo em termos de desenvolvimento.

Samuel Huntington
Samuel Huntington elogiou a Venezuela como exemplo de “democratização bem-sucedida”, e outro cientista político, escrevendo no início dos anos 1980s, disse que a Venezuela representava “a única trilha para um futuro democrático em sociedades em desenvolvimento (...) e manual de progresso a ser seguido passo a passo”.

Hoje se sabe que aquelas instituições estavam em processo de apodrecimento de dentro para fora. Cada pecado de que Chávez foi acusado – governar sem transparência, marginalizar a oposição, prender e acusar apoiadores, controlar os sindicatos e organizações profissionais e a sociedade civil, de ser corrupto e de usar a renda do petróleo para privilegiar seus protegidos – floresceram e deitaram raízes num sistema que os EUA elogiavam como exemplar.

Em meados dos anos 1980s, os preços do petróleo começaram a cair. Àquela altura, a Venezuela já se tornara deformadamente urbana, com 16 milhões, numa população de 19 milhões, já vivendo nas cidades, mais da metade deles em condições abaixo da linha da miséria e muitos em extrema pobreza. Em Caracas, concentrações altamente combustíveis de populações pobres viviam sem qualquer assistência de serviços municipais – nem esgotos nem água limpa para beber – e fora de qualquer acesso ou socorro dos partidos. A fagulha aconteceu em fevereiro de 1989, quando um presidente recém empossado, que concorrera contra o FMI, disse que não teria escolha se não curvar-se ao FMI. Anunciou um plano de cortes de subsídios para alimento e combustível, aumentou o preço da gasolina, privatizou indústrias estatais e cortou investimentos em atendimento à saúde e educação.

El Caracazo, 3 dias de tumultos, saques e assassinatos em Caracas
Três dias de tumultos e saques em toda a capital, evento que, simultaneamente, marcou o fim do excepcionalismo venezuelano e o começo da oposição em todo o hemisfério, cada vez mais diretamente focada contra o neoliberalismo. Partidos, sindicatos e instituições governamentais estabelecidas mostraram-se absolutamente incapazes de restaurar a legitimidade em tempos de austeridade, comprometidas, como estavam, com preservar uma estrutura de classes profundamente desigual.

Chávez emergiu dessa ruína, primeiro num putsch fracassado em 1992, que acabou com ele na prisão, mas converteu-o em herói popular. Então, em 1998, alcançou 56% dos votos em eleição presidencial, Foi empossado em 1999, assumiu o governo comprometido com um programa amplo e só vagamente antiausteridade, um reformador “suave”, que citava John Kenneth Galbraith, e que, de início, não tinha poder para reformar coisa alguma. A estima com que Chávez contava, da maioria dos venezuelanos, muitos dos quais de pele escura, correspondia, quase exatamente, ao ódio que inspirava às elites políticas e econômicas brancas, no país. Mas seu programa maximalista de oposição – um golpe apoiado pelos EUA, uma greve das petroleiras que destruiu a economia do país, novas eleições, e uma campanha de propaganda pela imprensa-empresa que faria a Fox News parecer a PBS – gorou.

Em 2005, Chávez já havia atravessado a tempestade e controlava o petróleo venezuelano, o que lhe permitiu embarcar num ambicioso programa de transformação nos fronts doméstico e internacional: investimento massivo em casa; e “equilíbrio multipolar” para o exterior, uma espécie de redesenho do que Bolívar chamou uma vez de “equilíbrio universal” – um esforço para romper o histórico monopólio do poder que os EUA sempre tiveram sobre a América Latina, obrigando Washington a competir e disputar influência.

* * *

Ao longo de 14 anos, Chávez submeteu seu nome e seu programa a 14 votações nacionais; venceu 13, sempre com larga margem de votos, em eleições descritas por Jimmy Carter como “as melhores do mundo”, dentre as 92 eleições que monitorara. (De fato, nem é muito difícil ter eleições transparentes; na Venezuela os eleitores votam tocando uma tela de computador; a máquina gera um voto impresso que o eleitor confere e deposita numa urna protegida. Ao final do dia, escolhem-se algumas sessões eleitorais para serem auditada a fundo, e assegurar que os resultados eletrônicos e os votos contados correspondam exatamente). Houve quem dissesse que esse sistema computador-voto impresso não seria democrático, que Chávez compraria votos e dominaria a imprensa, o que lhe daria vantagem injusta. Mas depois da última eleição presidencial – na qual Chávez recebeu a mesma porcentagem de votos que recebera na primeira eleição, embora com número maior de votantes – até os adversários tiveram de reconhecer, frustrados, que a maioria dos venezuelanos amavam, quando não veneravam, o homem.

Sou o que eles chamam de idiota útil, no que tenha a ver com Hugo Chávez, porque organizações sociais que considero dignas de apoio na Venezuela continuaram a apoiá-lo até o fim. Minha ideia, impressionista, é de que aquele apoio divide-se em duas metades, porque há eleitores que realmente entendem que a própria vida e a vida de sua família melhoraram por causa da massiva expansão que Chávez promoveu nos serviços públicos, incluindo saúde e educação, apesar de persistirem problemas reais de criminalidade, corrupção, racionamentos e inflação.

Hugo Chávez fala às multidões
A outra metade da maioria eleitoral que elegeu Chávez é constituída de cidadãos organizados envolvidos numa ou noutra das organizações de base que há por todo o país. A base social de Chávez sempre foi diversa e heterodoxa, o que os cientistas sociais, nos anos 1990s começaram a celebrar como “os novos movimentos sociais”, diferentes dos sindicatos e organizações camponesas existentes verticalmente ligadas – e subordinadas – a partidos políticos ou a líderes populistas: conselhos de bairro; atendentes urbanos e rurais; feministas, organizações de direitos para gays e lésbicas, ativistas de justiça econômica, grupos ambientalistas, sindicatos dissidentes etc. Essas associações, na Venezuela e em outros locais na região, ao longo das últimas décadas, desenvolveram um trabalho heroico na democratização da sociedade, criando meios para que os cidadãos sobrevivam aos extremos do neoliberalismo e combatam novas depredações, o que converte a América Latina num dos últimos bastiões globais da esquerda com Ilustração.

Os detratores de Chávez veem esse setor mobilizado mais ou menos como Mitt Romney via 47% dos eleitores norte-americanos, não como cidadãos, mas como parasitas, aproveitadores que viveriam de “mamar” nas tetas do petróleo. Os que aceitam que Chávez tenha, sim, apoio da maioria, desqualificam esse apoio, que não passaria de “envolvimento emocional”. Os eleitores, escreveu um crítico, veem a própria vulnerabilidade no líder e são seduzidos. Outro falou do “controle por realismo mágico” que Chávez exerceria sobre seus seguidores.

Mais um caso deve bastar para varrer da discussão a ideia de que os venezuelanos pobres votariam em Chávez porque estariam fascinados pelas “esmolas” que receberiam dele. Durante a campanha presidencial de 2006, a promessa-slogan do oponente de Chávez é que daria a 3 milhões de venezuelanos pobres um cartão de crédito preto (cor do petróleo), com o qual poderiam sacar até $450 em dinheiro por mês, o que implicaria drenar mais de $16 bilhões de dólares, ao ano, do Tesouro nacional (chamem, se quiserem, de populismo neoliberal: dar aos pobres o mínimo suficiente para quebrar o governo e forçá-lo a cortar [ou privatizar] serviços públicos).

Ao longo dos anos houve pesado bate-boca teórico, entre acadêmicos norte-americanos, sobre o miasma que a riqueza do petróleo lançaria sobre países como a Venezuela, induzindo os cidadãos a viverem num estado semionírico, que faria deles espectadores passivos. Sim, mas... Pelo menos nessa eleição, os venezuelanos conseguiram ver através dos miasmas. Chávez foi eleito com mais de 62% dos votos.

Consideremos por um momento a questão de se os programas de bem-estar do chavismo sobreviverão, agora que Chávez se foi. E falemos da esperança, de nossa alma esquerdista, de que, além do ativismo e dos ativistas, possa emergir um novo modo, sustentável, de organização social. A democracia participativa que aconteceu nos barrios, nos locais de trabalho e no interior do país ao longo dos últimos 14 anos foi e é um valor em si, mesmo que não tenha criado um mundo melhor.

Há muito e bom trabalho feito nesse campo por especialistas como Alejandro Velasco, Sujatha Fernandes, Naomi Schiller e George Ciccariello-Maher sobre aqueles movimentos sociais, o qual, considerado em bloco, leva à conclusão de que a Venezuela talvez seja hoje o país mais democrático do Hemisfério Ocidental.

Um dos estudos demonstrou que os chavistas organizados cultivam “concepções liberais de democracia e normas pluralistas”; acreditam em métodos pacíficos de resolução de conflitos e trabalham para assegurar que suas organizações mantivessem altos níveis de democracia “horizontal, ou não hierárquica”. O que cientistas políticos criticariam como hiperdependência a um homem forte, os ativistas venezuelanos entendem como confiança mútua, além de aguda consciência dos limites e atropelos dessa confiança.

Ao longo dos anos, vez ou outra alguém do campo da esquerda declarava-se “desiludido” com Chávez, fixando algum parâmetro extraído da teoria ou da história; e então declarava que o líder venezuelano deixava a desejar. É bonapartista, escreveu um. Não é Allende, suspirou outro. Parafraseando o Republicano radical Thaddeus Stevens no filme Lincoln: nada surpreende esses críticos, e eles, por sua vez, nunca nos surpreendem. Mas, sim, há muitas coisas surpreendentes sobre o chavismo, em relação à história da América Latina.

Primeiro, ao militares latino-americanos são mais conhecidos como direitistas sádicos, muitos dos quais treinados nos EUA, em locais como a Escola das Américas. Mas as forças armadas da região, vez ou outra, deram posse a nacionalistas e anti-imperialistas no plano econômico. Nesse sentido, Chávez assemelha-se a Perón, da Argentina; ou ao coronel Arbenz, da Guatemala; ou a Omar Torrijos, do Panamá; e ao general Juan Francisco Velasco, do Peru, o qual, em seu governo entre 1968 e 1975 fez uma aliança entre Lima e Moscou. Mas, quando não foram ou depostos (Arbenz) ou assassinados (Torrijos?), esses militares populistas inevitavelmente se curvaram à direita. Poucos anos depois de sua eleição, em 1946, Perón já atacava sindicatos; e chegou ao ponto de apoiar a derrubada de Arbenz em 1954. No Peru, a fase radical do governo militar durou sete anos. Chávez, por sua vez, manteve-se por 14 anos no governo e jamais atacou ou reprimiu a própria base.

Segundo, e relacionado a isso, os cientistas sociais nos dizem, há décadas, que o tipo de regime militar mobilizado que se vê na Venezuela sempre está a um passo de mergulhar na violência; que esses governos só podem manter a própria energia mediante a repressão interna ou a guerra externa. Mas, depois de anos de a oligarquia ser chamada de “traidores esquálidos”, a Venezuela conheceu pouca, notavelmente pouca repressão política – com certeza menos que a Nicarágua nos anos 1980s sob governo dos sandinistas e menos que Cuba hoje. Para nem falar dos EUA!

A riqueza do petróleo tem muito a ver com esse excepcionalismo, como também teve antes, na democracia “de elite”, democracia de cabeça para baixo, que havia antes de Chávez. Mas... e daí? Chávez fez o que se espera que façam os atores racionais, na ordem neoliberal entre estados: alavancou a vantagem comparativa da Venezuela; e não apenas financiou organizações sociais, mas, além disso, deu-lhes liberdade e poder que jamais antes haviam tido.

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Chávez foi um homem-forte. Enchia as ruas, caçava a imprensa-empresa, legislou por decreto e pouca atenção deu a algum efetivo sistema institucional de checks or balances. Mas argumentarei como o advogado do diabo: para mim, o maior problema da Venezuela durante seus governos não foi que Chávez tenha sido autoritário, mas, sim, que tenha sido pouco autoritário. O problema jamais foi controle demais: o problema foi controle de menos.

O chavismo chegou ao poder pelas urnas, depois do colapso quase total do establishment existente na Venezuela. Usufruiu de hegemonia retórica e eleitoral, mas não de hegemonia administrativa. Como tal, teve de fazer concessões significativas aos blocos de poder existentes entre os militares, na burocracia civil e educacional e, até, à elite política derrotada nas urnas – as quais, todas, não manifestaram qualquer disposição para abrir mão de seus privilégios e prazeres ilícitos. Passaram-se quase cinco anos, antes que o governo de Chávez conseguisse controle sobre a renda do petróleo; e só o conseguiu depois de longa luta, que por pouco não arruinou o país.

Quando conseguiu acesso ao dinheiro, optou por não atacar aqueles bolsões de corrupção e poder; simplesmente, criou instituições paralelas, entre as quais as missiones, missões sociais que oferecem atenção à saúde, educação e outros serviços, dentre os quais os mais conhecidos são os serviços de bem-estar. Foi acerto e erro; bênção e maldição; origem da força e da fraqueza do chavismo.

Antes de Chávez, a disputa por poder de governo e recursos travava-se, em larga medida, dentro dos limites estreitos dos dois partidos políticos da elite. Depois da eleição de Chávez, o jockeying político acontecia dentro do chavismo. Em vez de constituir uma ditadura de um partido só com uma burocracia de estado intervencionista controlando a vida das pessoas, o chavismo manteve-se bastante aberto e caótico. Mas é mais significativamente mais inclusivo que o velho duopólio – com pelo menos cinco diferentes correntes: uma nova classe bolivariana; os velhos partidos esquerdistas; as elites econômicas; os interesses militares; e os movimentos sociais acima referidos. O dinheiro do petróleo deu a Chávez o luxo de poder atuar como “corretor” entre essas tendências em disputa, permitindo que cada uma delas perseguisse os próprios interesses (às vezes, sem dúvida, seus próprios interesses ilícitos) e evitando confrontos.

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O ponto alto da agenda internacional de Chávez foi o relacionamento com Luiz Inácio Lula da Silva do Brasil, presidente latino-americano que a política exterior e os formadores de opinião nos EUA tentaram apresentar como “o contrário” de Chávez: onde Chávez era agressivo, Lula era moderado. Onde Chávez era desafiador e confrontacional, Lula era pragmático. Nem o próprio Lula jamais engoliu tal nonsense, e saiu firmemente em defesa de Chávez, apoiando sua eleição.

Por bons oito anos, ambos trabalharam numa espécie de rotina de O Gordo e o Magro: Chávez fazia o destrambelhado; Lula, o homem sério. Mas um dependia do outro e ambos estavam sempre bem conscientes dessa dependência. Chávez várias vezes destacou a importância da eleição de Lula no final de 2002, poucos meses depois da fracassada tentativa de golpe para depô-lo, eleição que lhe deu seu primeiro real aliado, de peso, numa região ainda dominada pelos neoliberais. Na via inversa, um Chávez sempre desafiador e confrontacional, tornou o reformismo de Lula muito mais palatável. Documentos revelados por WikiLeaks mostram a extrema habilidade dos diplomatas de Lula, que gentilmente, mas muito firmemente, rejeitaram todas as pressões do governo Bush para isolar a Venezuela.

Esse exímio “jogo nas cordas” entre os dois apareceu claramente na Cúpula das Américas, reunida em 2005 na Argentina, onde os EUA contavam consumar definitivamente um projeto de desequilibramento econômico, com vantagem para os EUA, consubstanciado num acordo hemisférico de Livre Comércio. Na sala de reuniões, Lula falava a Bush da hipocrisia de dar subsídios e tarifas protecionistas à agricultura privada, ao mesmo tempo que empurrava a América Latina a abrir seus mercados. Na rua, ao mesmo tempo, Chávez comandava manifestação de 40 mil pessoas, prometendo “enterrar” o acordo de livre comércio. O tratado foi derrotado e, nos anos seguintes, Venezuela e Brasil, com outras nações latino-americanas, promoveram notável transformação nas relações hemisféricas, aproximando-se, mais do que jamais antes, do “equilíbrio universal” de Bolívar.

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Encontrei Chávez em 2006, depois de sua controversa aparição na ONU. Numa pequena sala de refeições no consulado venezuelano. Danny Glover estava lá e ele e Chávez discutiam a possibilidade de produzirem um filme sobre a vida de Toussaint L’Ouverture, o escravo liberto que liderou a Revolução Haitiana.

Estava presente também um amigo e militante que trabalha na questão do perdão da dívida dos países pobres. Naquele momento, havia dificuldades na negociação do que alguns dos países mais pobres da América Latina deviam ao Banco Interamericano de Desenvolvimento [orig. Inter-American Development Bank (IADB)], dificuldades criadas, em boa parte, por burocratas de nível médio da Argentina, México e Brasil, que se opunham à iniciativa. Meu amigo tentava convencer Chávez a falar com Lula e com o presidente da Argentina, Néstor Kirchner, outro dos líderes de esquerda na região, para que dessem o ponta-pé decisivo naquela negociação.

Chávez fez várias perguntas bem refletidas, que em nada faziam lembrar o provocador que se vira em ação no plenário da Assembleia Geral. Por que, perguntou, o governo Bush era favorável ao perdão das dívidas? Meu amigo explicou que havia funcionários libertarian no Tesouro dos EUA, os quais, mesmo se não fossem favoráveis ao perdão das dívidas, não impediriam o acordo. “Além do mais”, disse o meu amigo, “para eles, esse acordo não tem importância alguma. O IABD e merda, p’rá eles, é a mesma coisa”. Chávez perguntou então por que Brasil e Argentina estavam emperrando o acordo. “Porque”, respondeu meu amigo, “os representantes de Brasil e Argentina no Banco Interamericano estão pensando, mais, na viabilidade do banco. Acham que perdoar credores é precedente perigoso”.

Soubemos mais tarde que Chávez havia convencido Lula e Kirchner a apoiar o negócio. Em novembro de 2006, o Banco Interamericano anunciou que cancelara vários bilhões de dólares da dívida nacional de Nicarágua, Guiana, Honduras e Bolívia (adiante, o Haiti também entrou na lista). Assim foi. O homem comparado praticamente todos os dias, nos EUA, a Stálin, sabia unir forças com representantes do governo que ele, horas antes, chamara de Diabo. E o fez, para ajudar a tornar a vida de alguns dos povos mais pobres da América Latina um pouco menos insuportável.